Sorbo Afortunado

Hoy hace exactamente una semana que busco trabajo. Esta mañana me ha tocado madrugar para asistir a una entrevista para un puesto de asesor de viajes en una agencia que ni regala viajes, ni regala maracas, ni regala nada. Gracias a dios que todavía quedan jefes avaros, si no ya no sé qué sería de mí. Nada más entrar en la oficina —bien situada, en una calle luminosa y que transmite ciertas ganas de recibir a parejas a punto de casarse—me ha venido a dar la bienvenida una chica joven —tendría unos veintitrés—que ya desde la lejanía había detectado que yo debía ser un nuevo postulante para la mesa que iba a quedar vacía en apenas un par de semanas. Parece mentira —me cuenta la muchacha de camino a la oficina del gerente de la empresa—, pero en pleno siglo veintiuno todavía hay gente que puede jubilarse a los sesenta y cinco años. Y yo asiento como un besugo que celebra tener el honor de venir a substituir a doña Ramona, pionera en España de las ofertas incluye todo de los resorts en Punta Cana.

El apretón de manos con el jefe me transmite una simpatía que logro comprender nada más tomar asiento.

            —Sé que todo esto es un poco extraño— me cuenta con gesto de circunstancias, aflojándose la corbata—, pero, antes de nada, le tengo que comentar que, debido a la mala racha que está viviendo el campo de las agencias de viajes de trato humano, como la nuestra, por culpa, sobretodo, de los precios de risa de las compañías de vuelo, y la bajada de pantalones de los hoteles de reserva por internet, tengo que confesarle que, a pesar de que la oferta es para jornada completa, el sueldo puede que, para un hombre de un currículum de seis páginas como el suyo, sea algo insuficiente —termina de esclarecer el hombre, de calva pronunciada, tras dar más rodeos que una pluma cayendo desde el balcón de un ático.

            —No, no sé preocupe por el dinero. Eso no va a ser problema —si él supiera hasta qué punto no es problema... —, vengo con muchas ganas de aprender. El currículum es tan largo porque ustedes requerían experiencia en viajes y yo, gracias a dios, he tenido la suerte de viajar mucho a lo largo de mi vida aunque sólo tenga cuarenta y dos años.

            —Pero es que usted ha ido hasta a Bután, un país que un experimentado agente de viajes como yo no sabía ni que existía antes de buscarlo en internet. Por curiosidad, ¿me puede usted contar cómo a alguien se le puede ocurrir ir a Bután?

            Antes de contestarle trato de recordar las palabras de mi mujer esta misma mañana: sobretodo, no les cuentes nada de lo tuyo o, si no, no te va a contratar nadie. Ya sabes que la gente odia trabajar con alguien tan afortunado como tú, cariño.

            —Pues mire... —aquí sonrío para que se note menos la magnitud de la mentira que le voy a tener que contar—Mi mujer y yo compramos una bola del mundo en un bazar e hicimos eso que hacen las parejas jóvenes, darle vueltas y, sin mirar, detenerla con la punta del dedo para decidir cual sería el destino de nuestro próximo viaje. Y salió Bután, que, por cierto, es un país precioso.

            El jefe, que como no podía ser de otra forma, tiene una bola del mundo en el mismo despacho donde nos encontramos, se esmera en encontrar el reino de Bután en el esférico y coloca su dedo a la altura de la región.

            —Su mujer debe de tener el dedo índice muy pequeño para haber dado en el clavo con este país... —determina el hombre en tono de sospecha.

            —¡Sí! ¡Tiene los dedos muy, muy pequeños! Todo el mundo se lo dice... —es en este momento cuando le prohíbo a mi mujer venir a verme al trabajo, no vaya a ser que este señor sea un maniático de los dedos pequeños o algo por el estilo.

            —Está bien... ¿Por dónde íbamos? Ah eso. Pues si para usted no es un problema cobrar un salario prácticamente irrisorio, el puesto es suyo.

            —¿En... en serio? —el corazón se me va a salir del pecho.

            —Sí... ¿Para qué le voy a engañar?, no voy a encontrar a nadie más preparado que usted para este puesto que a su vez acepte estas condiciones económicas así que, sin más dilación, puede firmar aquí y aquí y le esperamos mañana mismo a las nueve de la mañana para que doña Ramona le vaya explicando cómo funciona todo en nuestras oficinas.

            Y así es como, sólo una semana después de haberme visto hundido en la miseria humana, vuelvo a sentirme uno más en este mundo tan maravilloso.

            De camino al supermercado, me percato de que la aguja de la gasolina del coche está en la zona roja, pero hoy no estoy dispuesto a que los ojos trasnochadores del cajero de la gasolinera vuelvan a mirarme con envidia rastrera. Hoy no.

            —Cincuenta euros de gasolina 95 al surtidor número tres, por favor.

            —Perfecto... ¿va a pagar con tarjeta o con efectivo?

            —Pago con la tarjeta gold plus de la compañía.

            El empleado la mira por ambos lados y termina sacando conclusiones.

            —Ah... esta es la que sortean entre más de 100.000 conductores y que le permite disfrutar de un año de gasolina gratis en todo el país, ¿verdad?

            —Sí... esa es.

            —¿Es usted un tipo con suerte, no es cierto? —comenta a media voz mientras la pasa por el datafono.

            —Sí... no me puedo quejar. ¿Me la devuelve, por favor?

            —Sí, claro. ¡Que tenga un buen día, caballero!

            Nada más poner gasolina, vuelvo a recordar lo que ha sucedido esta mañana para reforzar mis ganas de sentirme bien. Enciendo la radio buscando una emisora de música. La emisora de música detiene una animada canción de Los Rodríguez para anunciar el sorteo de un coche equipado con las últimas prestaciones tecnológicas. Apago la radio. Gracias, pero ya tengo coche.

            Ya en el súper, sigo las instrucciones que me ha dejado mi mujer especificadas con bolígrafos de tres colores, y me tomo mi tiempo en la sección de compresas para que el dibujo de color rojo de una cara enfadada no se repita luego en casa. Veo que el lambrusco está de oferta y decido llevarme una botella a pesar de que no estaba escrita en la lista; si hay un día en el que de verdad me apetece celebrar algo, ese día es hoy.

            Esperando en la cola de la caja, advierto que el cajero es un chavalín con pendientes que no tengo constancia de haber visto antes. Debe de ser nuevo, intuyo sin darle más importancia al asunto. En cuanto termina de pasar toda mi compra por el código de barras —al que, por cierto, parece que hay que cogerle el truquillo visto que el joven ha tenido que pasar los yogures hasta cinco veces sin éxito—, me pregunta si quiero las pegatinas para el sorteo de una cesta navideña con los mejores polvorones, torreznos, turrones, patés, latas en conserva, mermeladas, vinos tintos—de este sólo hay una botella, y la mejor de un súper, es la mejor de un súper... —, alcaparras, quicos, cacahuetes, dátiles, leches condensadas y membrillos del supermercado en cuestión. Que conste que he tratado de detenerlo a medio recitar, pero el chaval ha cogido tal carrerilla que mis intentos por pararle los pies han resultado en vano. Veo que antes de que pueda negarme a recoger mis pegatinas, la cajera que tengo a mi espalda —a la que sí conozco, perfectamente además—le señala al joven el cartón publicitario colocado junto a los carros metálicos que muestra a los ganadores de los años anteriores con la cesta entre las manos. Imagino que cualquiera que vea el cartel dará por hecho que se trata de un actor publicitario posando con hasta tres cestas de navidad distintas, pero, en realidad, el que aparece soy yo y sí, me tocó las tres veces que participé.

            —Tranquilo, chaval. Con lo que me queda de los años anteriores me da para pasar este año y el que viene sin problema —le aclaro con simpatía para diluir el miedo a no pasar su primera semana de prueba.

            Habiendo aparcado el coche frente a la casa, me esfuerzo por trasladar todas las bolsas de la compra de un trayecto para no dilatar más la última mañana que tengo libre entre semana antes de empezar con mi nuevo empleo. De camino a la puerta, he observado que hay correo así que, en cuanto lo he dejado todo sobre la mesa de la cocina, vuelvo para ver de qué se trata. De entre las facturas, ha llegado la carta de la famosa marca de café que nos obsequia con un sueldo para toda la vida indicándonos que ha efectuado un nuevo ingreso en nuestra cuenta. Además, nos propone participar en un nuevo anuncio que van a grabar durante el mes de enero en el que les gustaría contar conmigo para demostrar —una vez más—que sigo disfrutando del mejor café del mundo con un sueldo que, como decían, me siguen pagando hasta que me muera —aunque en realidad sólo dura veinte años y, si la palmo antes, nadie tiene derecho a heredar lo que quede—. Esta vez no les voy a contestar, tengo decidido que este nuevo año que se me presenta en el horizonte va a ser un gran año en el anonimato. Como el de un ser humano más. De hecho, cuando mi mujer llega a casa, y me propone comprar lotería para el gordo, el niño, y hasta del sorteo solidario del orfanato, con voz seria le anuncio que, a partir de hoy, estoy dispuesto a recuperar a todos los amigos, familia y allegados que he perdido a lo largo de estos últimos años por ser el hombre al que le tocan todos los sorteos que no le tocan a nadie.