Nº17: Una última confesión.

Hoy, exactamente hoy, hace un año. ¿Quién lo iba a decir, amigo mío? Doce meses han pasado desde que me marché, desde que decidí darle una oportunidad a todos los sueños que guardaba en el desván de mi niñez. 365 días, días duros, días de nieve en polvo, de noches sin tregua, de aires de tormenta. Días de no mires atrás, de tu puedes con todo, de sólo sonríe una vez más.

 

Lo siento mucho, pero hoy no puedo más. He sacado el álbum de fotos, aquél que guarda imágenes en mi memoria, aquél que me muestra todo lo que se marchó sin decir adiós. He besado cada dibujo de mi vida, lo he loado al señor y he llorado por los buenos momentos que me brindó. No puedo hacer menos, y es que ha sido todo tan y tan bonito...sólo puedo dar las gracias por ello.

 

Yo sé que siempre he sido un culo inquieto, un curioso de palpar con los dedos llenos de barro, un adicto de la felicidad que no se toca, de la que no se huele, de la que no se dice pero se siente como ninguna otra, y en estos tiempos de pan y miedo, quizás he pecado de ambicioso. Quizás hace ya mucho que desapareció el amor por la vida y por aquellas pequeñas cosas que hacen que todo tenga sentido, y hoy solo importan los cuatro palos que sostienen almas sin andamios.

 

Atrás dejé a muchos, a muchos que no olvido, a muchos que todavía me gustaría abrazar en las noches más frías. Nunca creí en dios, pero hoy tengo más fe que nunca, y nadie me quitará la esperanza, nadie me robará la creencia absoluta de que detrás de cada trinchera que se esconde bajo los ojos de la gente, sigue estando la luz que algún día brilló sobre el mar más hermoso.

 

Aquí termina el cuento, amigo mío. Hoy es día de caldo de lágrimas de acero, lunes de muertos, entierro de ramos que olían a perfume de mujer. Hoy hace un año que empezó este túnel de lucha sin tregua, pero hoy, más que nunca, solo puedo clamar al cielo que, pase lo que pase, y por mucho que me sigan poniendo piedras en el camino, yo, amigo mío, me volveré a levantar sin dejar de sonreír. 

 

Porque nadie merece tener el divino poder de borrar una sonrisa.