Vivir es fácil con los ojos cerrados ***

Deja reposar al espectador y lo sume en la comodidad de ese buen cine de ambición desinteresada. Cine hecho por amantes del cine.

En una época en la que parece que ya no quedan sueños ni para los más insistentes nos llega ésta "Vivir es fácil con los ojos cerrados" como agua de mayo, refrescante y optimista.

 

David Trueba busca insistentemente el paralelismo de época y, aunque el mensaje está distorsionado por la aparición de la dichosa tecnología irrefrenable, cala, y cala hondo. Nos llega, no desiste, y nos cuenta cómo se luchaba en los 60, cuando todo era más chulo, más físico, más aparente de lo que se aparenta en nuestros días, pero al fin y al cabo, siempre hubieron, hay y habrán personas y personas, aunque cada vez el paraguas sea más impermeable.

 

"Vivir es fácil con los ojos cerrados" no es una película de seis Goyas. "Las brujas de Zugarramurdi" tampoco lo es de ocho aunque sean de los menos agraciados. Es algo así como si "Amor" de Haneke gana nueve Oscars y no, pese a que sea muy buena no puede porque no abarca tantos campos. Pero, hablando en plata, la película de Trueba sería de dos-tres Goyas en un mundo real coherente y no en una criba artística sin cuartel. Seguramente es una buena película, una película que cuenta, se deja ver, se disfruta y se marcha dejándonos un buen poso, sensaciones de una tarde satisfactoria. Un largometraje de alto nivel con los presupuestos que se pueden manejar, de mérito, de buen director.

 

Javier Cámara, que, como siempre, asume el rol de capataz de todo, nos lleva en un viaje hacia John Lennon, en Almería, en el rodaje de una de una película con la que se encaprichó en su época. Lennon era su ídolo y él era aquel joven que se hizo mayor esperando sonrisas que se iban apagando a su alrededor. Esas sonrisas las encuentra en Natalia de Molina. No conocíamos a Natalia de Molina pero gana el Goya, y ese es uno de esos Goyas que merece esta película, porque enamora por encima de cualquier fotograma, nos recuerda a aquella joven María Valverde de la inolvidable "La flaqueza del Bolchevique", pero más atractiva, menos azucarada.

 

Natalia de Molina a parte, y sin duda que es para no apartarla jamás, seguimos con un viaje en el que también aparece el niño de "Pa Negre", y lo digo con todas las letras, porque después de la galardonada película de postguerra, el chaval no da una. Aunque no es su culpa, la verdad es que el error de casting es de bulto y genera risas en momentos que no las debería generar, ni mucho menos.

 

Pero bueno, más allá de todo esto, vemos como los tres se hilvanan en una aventura en busca del estrechamiento de manos entre el profesor de inglés y el Beatle, y con ella, el significado de una época difícil de llevar y difícil de digerir. Y tan difícil de digerir, una digestión que todavía dura en las cabezas más revestidas.

 

Como apunte final, hay planos y una guitarra solitaria que merecen el precio de una entrada al cine. Y bueno, Javier Cámara. Ya saben, ya lo conocen. 

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